Por Juan Manuel Fernández.

Sin necesidad de extensos preámbulos ilustrativos llenos de adjetivos hiperbólicos carentes de sentido, este es uno de esos casos en donde la obviedad predomina por sobre el resto de las cosas, como el titulo de este relato bien lo aclara tan sencillamente, cortito y al pie.

Dejar los campos de mi Río Tercero natal en mi querida provincia de Córdoba para llegar a los rascacielos de la histórica Philadelphia en Norteamérica fue un cambio enorme para un poco curtido adolescente de dieciocho años, que por primera vez en su vida dejaba la comodidad de su hogar y la cocina de su madre. Porque mientras mis amigos se iban a estudiar a Córdoba capital (escasos cien kilómetros desde Río Tercero, conectados por los colectivos Lumasa que hacían el trayecto en hora y media), yo me fui a estudiar un poquito más lejos de casa.

Recuerdo el día que llegué a Temple como si fuera ayer. Era el 26 de diciembre de 2008, había pasado la navidad arriba de un avión y aterrizaba en mi nuevo equipo con la temporada ya iniciada. Entré a la sede en donde estaban las oficinas de mis nuevos entrenadores, bienvenido por una hilera de trofeos y fotos de ex jugadores de la universidad que colgaban de las paredes, entre ellas la de un joven Pepe Sánchez con el número 4 en el pecho, en una posición defensiva que hasta el día de hoy trato de imitar sin ningún éxito.



Me recibió Fran Dunphy, mi nuevo entrenador por aquel entonces, con un fuerte apretón de manos y la intimidante presencia de su bigote gris. Su primer respuesta a mi comentario de cómo estuvo el viaje fue una corrección gramatical a mi por aquel entonces escaso inglés, como un premonitorio de lo que el futuro depararía a nuestra relación de player-coach.



En la felicidad del momento creo que no me di cuenta de la dimensión del cambio que estaba experimentando hasta varios años más tarde. Pasar del techo de chapa del estadio José “Gordo” Albert de mi querido 9 de Julio de Río Tercero, donde hacía cincuenta grados en verano y menos veinte en invierno, a las más de diez mil butacas del Liacouras Center en North Broad Street, con su pantalla gigante suspendida varios metros por encima del círculo central del campo de juego, digamos que no era un cambio menor. Pero como si esto fuera poco, nada más que un mes después de haberme instalado en mi pequeño apartamento del 1300 de la calle Cecil B. Moore con otros tres compañeros de equipo, recibí una llamada que me elevaría aún más por las nubes por las cuales ya venía volando.

Termina el entrenamiento de la tarde del miércoles en las instalaciones de McGonigle Hall, donde entrenábamos cuando el Liacouras no estaba disponible a causa de algún que otro concierto o porque el Cirque du Soleil se encontraba en la ciudad, y me llama a su oficina Fran, o Dunph, o coach Dunphy como con total respeto (y algo de miedo) lo llamábamos nosotros. Automáticamente pensé: "¿Qué cagada me mandé ahora?" Como cuando tu novia te tira sin previo aviso un "tenemos que hablar". Se me subió el estómago a la garganta y me empezaron a tiritar las rodillas como dos castañuelas, mientras me imaginé de vuelta en el club 9 de Julio limpiando el polvo de ladrillo de las canchas de tenis que se acumulaba en el parquet y lo transformaba en una pista de patinaje (exagerado, ya sé, pero siempre fui de esperar lo peor como modo de auto protección contra las malas noticias).

En este caso, sin embargo, hacía nada más que un mes que había llegado y las clases ni siquiera habían comenzado, por lo que no tenía ni idea de que podría haber hecho mal en tan poco tiempo. "Juan", me dijo Fran, bigotazo por delante, “me llamó Gregg Popovich”. Al instante empecé a pensar, tratando de disimular mi cara de ciervo cegado por la luz, cómo una llamada del entrenador de los San Antonio Spurs a Fran Dunphy podía relacionarse remotamente conmigo. “Me dijo que como pasan la noche en Philadelphia porque mañana juegan contra los Sixers, Manu y Fabri querían invitarte a cenar con ellos hoy".



Mi primer pensamiento fue: "este tipo me esta cargando, debe ser una joda de bienvenida o algo por el estilo". Me reí y estuve a punto de dar media vuelta e irme cuando algo en su bigote me dijo que todo esto iba en serio. "¿Manu y Fabri?", dije perplejo. "¿Emanuel Ginóbili y Fabricio Oberto?", repetí más para autoconvencerme que esperando una respuesta suya. "Sí, ¿querés ir o no?", me preguntó con tacto, mientras yo me debatía entre las ganas sobrehumanas de compartir una cena con aquellos dos próceres y mi maldita timidez. "Yo te llevo", me dice Matt Langel, quien por ese entonces era uno de los asistentes técnicos del equipo y la persona que había hecho dos (largos) viajes a lo que seguramente para él era el culo del mundo, para verme jugar la liga B con 9 de Julio y uno para verme entrenar con la selección nacional Argentina sub-18 en Guatrache, provincia de La Pampa (imperdible historia que valdrá la pena contar en otra ocasión, y sí, Guatrache no es un invento mío, es un pueblo que existe en realidad, si no me creen búsquenlo en Google Maps).

Ni me acuerdo a qué restaurante me llevó, solo sé que nunca volví a ir a ese lugar porque mi presupuesto de joven universitario no me permitía comer en establecimientos de esa índole por elección propia. Creo que de los nervios, en el camino estuve a punto de pedirle a Matt que pegara la vuelta y me llevara a mi casa en Argentina. Estaba tan confundido que no tuve ni la decencia de ponerme un par de jeans para por lo menos disimular el mal gusto en mi vestir, que por aquellos años de soltería e independencia materna me invadía. Allá iba yo, con pantalones grises de jogging dos tallas más grandes, un buzo gris encapuchado con Temple escrito en letras rojas enormes en el medio del pecho, con el número 4 a la altura del corazón para diferenciarlo del resto de mis compañeros que tenían exactamente el mismo atuendo y que, como yo, lo usaban hasta para dormir. Una campera negra invernal, porque estaba para helarse los huesos en pleno enero en Philadelphia, también dos números muy grande para mi talla, pero que por mi timidez y mi gratitud al lugar donde había llegado no tuve los huevos de pedir cambiar para no molestar. "Este es el restaurante", me dice Matt, "nos dijeron que te esperaban adentro".



"No te vayas", le digo yo, "esperá que entro, los saludo y nos vamos". Matt me miró escondiendo una sonrisa en un gesto que sin palabras me decía: "no seas boludo, entrá y vas a ver que ni en pedo te volvés conmigo". Como si pudiera prever el futuro.

Me bajo del auto, enfilo hacia la puerta del restaurante y lo primero que veo es un señor de traje negro carbón y unos zapatos perfectamente barnizados, quien me recibe con cara de pocos amigos, como si no entendiera -con toda la razón del mundo- qué carajo hacía yo ahí. "Unos amigos (?) están cenando adentro y me invitaron a acompañarlos, ¿puedo entrar?", a lo que por detrás se acerca una mujer, que evidentemente vio la confusión del personaje de los zapatos barnizados y, tomando el control de la situación dijo "dejalo, dejalo entrar que lo están esperando, ya están avisados".

Si no recuerdo mal, el comedor se encontraba en el segundo piso, aunque entre la excitación que tenía y lo utópica que resultaba la situación para mí, mi memoria se torna un poco confusa. Lo que recuerdo es que apenas entré, los vi a los dos sentados en una pequeña mesa redonda en medio del salón, uno frente al otro. Cuando me reconocieron se pararon para saludarme al mismo tiempo que Fabricio le pedía al mozo que agregara una silla porque yo, el cuatro de copas, les haría compañía esa noche.

"¿Comiste, Juancito?", me dice Manu. Las palabras se me atragantaban en la traquea mientras que los pensamientos revoloteaban en mi cabeza como nenes en un jardín de infantes.

A continuación, intentaré reproducir el sonido de mi voz interior en aquel preciso momento: Ginóbili me acaba de llamar Juancito, ya comí o todavía no me acuerdo, pero no tengo hambre. Debo haber comido. Aparte, qué voy a comer acá, no seas desubicado, Juan Manuel. Hace calor acá adentro, debe ser porque todavía tengo la campera ésta, enorme, puesta. Me la saco o me la dejo. No seas ridículo. De qué iremos a hablar esta noche. Los dos son más altos de lo que me imaginaba.

Mientras todo esto pasaba en modo MUTE en mi cabeza, escucho a Fabricio que dice, "cómo has crecido Juan, ¿eh?, la última vez que te vi eras una miniatura". En ese momento me acordé que Oberto, cuando su carrera recién empezaba en Atenas de Córdoba y ya mostraba su increíble talento, jugó con mi viejo, por lo que me conoció cuando yo tenía unos cinco años.

La cuestión es que, con el pasar de los minutos, la simpatía, la amabilidad y la humildad de aquellas dos bestias del básquet mundial me contagiaron. Poco a poco me hicieron sentir muy cómodo, como si se tratara de un reencuentro entre tres viejos amigos. En medio de la velada, me acordé que Matt me estaba esperando todavía en el auto, afuera del restaurante, momento en el que pedí permiso para sacar el teléfono y avisarle que me quedaría con mis nuevos amigos, Manu y Fabri. "Juan, me fui a casa apenas entraste en el restaurante", me dijo el maestro de Matt.

"Dejá, te llevamos nosotros de vuelta", dijo Fabricio. "Tenemos al chofer que nos espera abajo". Yo no comí esa noche, quizás por lo obnubilado que me tenía la situación, quizás por mi timidez o quizás porque no quería que nada -ni siquiera un plato de comida- distrajera mi atención aquella noche en donde quise exprimir al máximo cada segundo compartido con aquellos dos ídolos. Porque una ocasión similar no se da (y de hecho no volvería a ocurrir) todos los días.

Terminada la cena, nos dirigimos a la salida donde esperaba el chofer personal que tenían. "Volvemos al hotel", le dijo Manu, "pero antes lo dejamos a él en el campus de la Universidad de Temple", aclaró mientras me señalaba. A lo que el señor respondió, "me tendrán que disculpar, pero no tengo permiso para manejar por esas zonas de la ciudad, puedo solamente llevarlos de vuelta al hotel".

"Muchachos", dije yo ya entrado en confianza, "ni se preocupen, me tomo un taxi de vuelta, sin problemas".

"Pero no, qué te vas a tomar un taxi solo. ¿Mirá si te pasa algo?, el Lobito me revienta", dice Fabricio. "Te acompañamos".



"¿Estás loco?", le digo. "¿Qué se van a venir en taxi conmigo? Olvidate, me voy solo que no pasa nada", pero para cuando terminé la frase, los dos ya se habían despedido de su chofer y, con sus gorros invernales tapándoles la cara para ocultar un poco su identidad, paraban un taxi amarillo en el medio de la calle. No me quedó otra opción más que seguirlos, incrédulo a decir poco. Y así fue como me encontraba, un mes después de haber llegado a Philadelphia, recorriendo las calles de la ciudad en un taxi con Emanuel Ginóbili sentado en el asiento delantero del acompañante y Fabricio Oberto haciéndome compañía en el asiento de atrás.

"¿Le gusta el básquet?", le pregunta Manu al chofer del taxi, un hombre de aspecto medio oriental que hablaba inglés con un fuerte acento extranjero. "Me gusta baloncesto, sí, pero Sixers no bueno este año. Si no cambiar entrenador, Sixers very bad". Mientras Fabricio reía en el asiento de atrás, yo no dejaba de pensar en lo increíble que hubiera sido tener una cámara en ese momento para filmar la escena. "Mañana San Antonio", continuó el señor, "imposible ganar. Sixers so bad".

"¿Y conoce algún jugador de San Antonio?", seguía el juego Manu. "¿Duncan, Ginóbili, Oberto?"

"Sí, sí, cómo no conocer Duncan, Ginóbili también conozco, claro que sí", respondía el amigo sin darse por aludido que estaba hablando con un cuatro veces campeón de la NBA, el mismo que acababa de mencionar.

Cuando llegamos a la esquina de Broad Street y Cecil B. Moore me invadió una sensación irreal de tristeza. No quería que la noche terminara pero se hacía tarde y mis dos nuevos amigos tenían un partido importante al día siguiente. Ni me acuerdo el resultado de aquel encuentro. Probablemente hayan ganado, porque por aquellos años los Spurs no perdían muy seguido. Sólo me acuerdo que ese día, por algún motivo fuera de mi control, no pude ir a la cancha para verlos jugar. Pero poco me importaba, porque mi partido ya estaba jugado esa noche. Había compartido la mesa con Emanuel Ginóbili y Fabricio Oberto, había paseado en taxi por la ciudad con ellos de vuelta a la universidad y había vivido una de las noches más memorables de mi vida.

"Déjenme pagar mi parte del taxi, por lo menos", les dije con mi cara de piedra. "Dejá, dejá, qué vas a pagar el taxi, la próxima vez pagás la cena vos".

Y así sin más, me quedé parado debajo del semáforo, con una sonrisa indeleble en mi cara, viendo el taxi perderse entre las luces de Broad Street y deseando que esa próxima cena que me tocaría pagar llegara pronto.