Por Fernando Marino
Maratonista, excombatiente de Malvinas

Este 2 de abril de 2020 nos encuentra a todos los argentinos frente a otro gran desafío, tal como ocurriera hace ya 38 años, durante el conflicto armado en nuestro Atlántico Sur. Muy diferentes uno de otro, es verdad. Pero ambos de magnitudes insospechadas, por tratarse de situaciones absolutamente desconocidas con consecuencias imposibles de mensurar.

En relación a la guerra de Malvinas, una prueba de esto es que aún hoy, a 38 años de aquél conflicto, continúa en aumento el número de suicidios entre los ex combatientes. En cifras, de hecho, ya supera al número de caídos durante el propio combate.

Los ex combatientes que han participado de cualquier conflicto bélico en el mundo entero, pueden dar fe de que la post guerra es aún mucho más dura y difícil de atravesar que la propia guerra en sí. Y esto se debe a que la post guerra nunca termina, no tiene final, continúa a lo largo de toda la vida del soldado.



Pero esa realidad solo la llegan a conocer aquellos que la atraviesan.

De hecho, las innumerables inquietudes, preguntas o consultas que recibimos permanentemente los ex combatientes, en su gran mayoría están referidas al conflicto y solo algunas pocas a nuestro transcurrir cotidiano en la vida, posterior a aquel momento que nos marcaría para siempre.

Se dá por sentado que lo peor ya pasó, cuando en realidad está transcurriendo sin un final determinado.

Por otro lado, no se trata de una problemática exclusiva que se presente en soldados de ejércitos derrotados, sino que involucra por igual a todos aquellos que han participado en conflictos bélicos, sin distinción de vencedores o vencidos, ni siquiera de rangos o jerarquías castrenses.



Además es importante considerar el devastador efecto que estas experiencias producen, no solo sobre los propios combatientes, sino también sobre sus familias y amigo. Ellos también sufren en mayor o menor medida las consecuencias de situaciones tan dramáticas como una guerra, y perduran a lo largo de la vida de madres, padres, hermanos y otros afectos.

Es en este punto, cuando el término RESILIENCIA, comienza a ser trascendental para quien debe atravesar una situación límite en su vida. Esa capacidad del ser humano que implica no solo atravesar una situación adversa, sino salir fortalecido de ella, sabiendo que no es sólo individual y se potencia cuando se despliega de forma colectiva.

Por eso al comienzo hacía referencia a los conflictos que debemos afrontar los argentinos por estos días. Ya que hoy, la pandemia del Covid-19 nos sitúa frente a un nuevo desafío como sociedad.

En su momento, el caso puntual de la guerra de Malvinas quizás no fue tomado como tal. La lejanía del sitio del conflicto, lo circunscripto de la población en riesgo y la falta de información precisa, fueron solo algunas de las causas que llevaron a muchos argentinos a mirar de lejos y sin compromiso la tremenda situación que el país estaba viviendo.



Esta actitud se vió potenciada además durante la postguerra, con la cruel indiferencia de la mayoría de la sociedad argentina hacia quienes habían participado del conflicto en el Atlántico Sur.

El momento social que atravesaba nuestro país durante aquellos tiempos, con un gobierno militar que llevaba años de represión, censura y oscurantismo, logró que la sociedad argentina se desvinculara de la situación socio afectiva de los ex combatientes, quienes se vieron obligados a luchar individualmente contra el nuevo escenario que la vida les planteaba.

En el caso particular de los ex combatientes de la guerra de Malvinas, sin dudas que otro elemento importante que agravó su proceso de reinserción a la vida cotidiana, fue su corta edad a la hora de enfrentar una situación tan difícil. Nadie puede decir que se encuentra preparado emocionalmente para afrontar la experiencia de un conflicto armado, mucho menos un joven de 18 años. Pero una vez finalizada la guerra, debe comenzar el largo proceso de transitar una vida que recién comienza, con todos los desafíos que eso implica, mucho más en ese “ahora”, cargando la pesada mochila del paso por una una experiencia visceral como esa.



Por otro lado, los prejuicios de la sociedad en general acerca de la salud mental de quienes regresaban del conflicto armado, sumado a la falta de profesionales médicos idóneos o con experiencia en situaciones bélicas similares que pudiesen ayudar a los jóvenes soldados, (tanto médica como psicológicamente), agravaron el proceso de reinserción social de muchos de ellos.

Hoy la situación es totalmente diferente y ya nadie no podrá sentirse directamente involucrado con el desafío que nos toca atravesar como nación. Absolutamente todos, como sociedad, deberemos responder ante este tremendo reto que se nos presenta.

Sin dudas, será clave para el éxito del mismo, recordar que la RESILIENCIA se potencia, en beneficio de todos, cuando se ejerce en forma colectiva.